“Fa”
Cuando yo era un niño de diez u once años, acostumbraba a pasar ratos afuera con un grupo de muchachos y muchachas de la vecindad. Este grupo no era una pandilla, sino que era abierto y diverso, según los días y las horas. Todo esto sucedía frente a mi casa, en un campo abierto que se extendía abajo al final de la considerable pendiente de nuestra corta calle ciega. La parte mas próxima de este campo fungía de estacionamiento para los vecinos, y luego el espacio continuaba extendiéndose de tal forma que en él podíamos jugar al béisbol y mas raramente al fútbol, entre otros muchos juegos, si no llovía, y si había llovido inventábamos aventuras entre el barro y los charcos.
Esta especie de cancha de tierra pelada estaba a su vez rodeada por dos lados de una suerte de pastizal abundante atravesado por una sucia quebrada, contaminada con desechos domésticos e industriales, que apestaba y que cambiaba de color a diario, según lo que vertían en ella. Y allí, en ese a pesar de todo frondoso campo, normalmente repleto de niños y carros estacionados y chatarra abandonada, andaban sueltos por lo general uno, dos, tres o cuatro caballos o yeguas que aportaban, aparte de una buena cantidad de estiércol, un cierto encanto al paisaje vecinal de nuestra calle.
En ese tiempo yo desconocía casi todo acerca de aquellos animales, sobre todo a quién pertenecían, porque los misteriosos dueños nunca aparecían en mi presencia, ni se ocupaban visiblemente de sus caballos. En cambio José Rafael, uno de mis vecinos y amigos, 4 años mayor que yo, se ocupaba después del colegio con todo gusto de alimentar, cuidar, montar y bañar uno o mas de esos caballos, según el dueño de turno al parecer se lo hubiera encomendado. Estos cuidados tenían lugar al frente de la propia casa de José Rafael, que era también, por vecindad directa, el frente de mi propia casa.
Con el tiempo empezaron a aparecer otros jóvenes de diversas edades, que o bien eran vecinos no tan cercanos, amigos de José Rafael, o que bien se acercaban por interés en los caballos y luego se volvían asiduos a nuestras tertulias. Por eso el espacio abierto frente de mi casa, oloroso como dije a estiércol y a cloaca, se convertía a menudo en un lugar bastante animado, con música, donde se hablaba y se gritaba, se jugaba, se iba en patineta, bicicleta o carrucha, se peleaba, se bañaban caballos, se ventilaban peleas familiares y otras muchas cosas, a veces hasta altas horas de la noche.
En una ocasión, entre todas estas apariciones, se presentó discretamente una figura algo extraña a ocuparse, al parecer también por encargo, de alguno de los caballos que por allí pastaban. Era un hombre joven, delgado y erguido, vestía siempre camisa de cuadros y botas al estilo vaquero, llevaba el liso y claro pelo largo y un delgado bigote mas bien ralo. Hablaba poco, se mostraba respetuoso y parecía tomar muy en serio su trabajo.
Escuché que el conglomerado de muchachos allí lo llamaban “Fa”, y al poco tiempo descubrí que tenía un segundo apodo, mas cruel: “Pata e´croche”, pues “Fa” cojeaba muy pronunciadamente. Al parecer se resignaba a llevar el nombrete de “Pata e´croche“, pues nunca lo ví molestarse por eso. Cuando lo llamaban así respondía serio, aunque equilibrado y gentil. Sin embargo, algunas personas del lugar consideraban que “Pata e´croche“, tan reservado, era en el fondo un tipo peligroso y desconfiaban de él.
Una vez yo, aburrido después del almuerzo, quise salir a ver si había afuera alguien con quien pasar el rato. El sol estaba muy alto, hacía calor y en la calle polvorienta solo estaba “Pata e´croche“, cepillando un caballo pardo, un cuarto de milla, según me habían dicho. Ya terminaba su rutina de cuidados, estaba tranquilo y parecía satisfecho de su jornada. Entonces ví la oportunidad de satisfacer mi curiosidad acerca de él,de quien yo apenas conocía sus sobrenombres y su fama de “peligroso”.
Me acerqué y le dije hola. El respondió en voz baja el saludo, pero de alguna forma sentí que no lo importunaba. Luego de decir algunas palabras sobre lo bonito que era el caballo, me atreví a preguntarle por su nombre verdadero. “Rafael Ernesto”, me respondió con orgullo y sin mirarme, mientras cambiaba de lado para seguir cepillando sobre el lomo del caballo.
Ah! ¿y cuántos años tienes? Seguí preguntando.
Diecinueve, dijo mirándome de reojo.
Ah... ¿y dónde vives?
En Quebrada de la Virgen.
Tanto la abismal diferencia de edad con respecto a mí como mi completa ignorancia acerca de la ubicación de Quebrada de la Virgen me dejaron pasmado.
En eso, Rafael Ernesto terminó con el caballo y lo dejó irse a pastar. Le pregunté si ya tenía que irse.
- Si, pero cuando me lave los pies.
Tomó una manguera del jardín de José Rafael, cuya entrada siempre estaba abierta, abrió la llave del agua, se sentó en la acera, se descalzó y se dedicó a lavarse los pies, aliviando el calor que sin duda le producían aquellas botas altas de cuero bajo el sol del mediodía.
Así fué como por primera vez en mi vida ví un pié deforme, afectado por el Talipes Varus, como supe décadas después que se llamaba ese defecto de nacimiento. Para mí era inexplicable en aquel momento cómo un pie podía estar de tal forma enrollado sobre sí mismo. Luego de unos cinco minutos dejando correr el agua fresca por sus pies, Rafael Ernesto se los secó con una pequeña toalla que llevaba, volvió a ponerse las botas y se despidió.
Yo pasmado aún de la impresión, entré a mi casa encandilado por el fuerte reflejo del sol sobre el agua corriente, pero me olvidé rápidamente del evento.
A la hora de la cena entré a la cocina y le referí a mi mamá con detalles el encuentro con “Pata e´croche“, de cómo había averiguado su edad, donde vivía y hasta su verdadero nombre. Y le dije que no me parecía para nada un tipo peligroso.
-Y cómo se llama? - preguntó mi mamá, interesada. Lástima que lo llamen “Pata e´croche“, el pobre no tiene la culpa...
-Se llama Rafael Ernesto, le dije.
-¡Rafael Ernesto! Que nombre tan bello! Exclamó ella, impresionada y conmovida.
Dije “sí” y salí de la cocina. Sentí que la respuesta de mi mamá me daba la clave de algo, y aunque no supe en el momento de qué, algo en mí se movió con fuerza en ese momento.
Pasó algún tiempo y luego Rafael Ernesto dejó de visitar mi calle, y no supe nunca mas de él. Pero desde entonces, cuando en mi mente he de visualizar a algún caballista, siempre veo la imagen de Rafael Ernesto, en lo alto, dominando el caballo con nobleza y sabiduría. Y nunca hubo para mí otro jinete mas noble y mas humilde que él, ni ningún otro nombre tan apropiado y digno de su oficio que “Rafael Ernesto”.
Espero que le haya ido bien en la vida.
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