CONCLUSIÓN EN TERRACOTA


09.07.2024 - dedicado a mi hermano Gerardo Alvarez A. y  a mi primo Eduardo Casas A.

Fue mi primo el menor en el patio terracota de mi casa quien por primera vez me preguntó por la poesía, recién llegado de visita esa tarde, cuando yo no lo esperaba, y menos con esa pregunta.

Por suerte ya yo sabía bastante de la poesía, porque mi hermano mayor, el segundo, declamaba. Practicaba orgulloso a menudo, entre el ping-pong, la esgrima, la tele, sus amigos, La Estrella, comprar el pan y quién sabe qué cosas mas hacía.

Mi primo al preguntar se encovaba un poco e insistía mirándome ladeado y punzante, mas bien descarado en mi opinión, y aunque yo creía en su interés y sabía del tema, no pude responderle al momento y me retraí recordando largo tiempo a mi hermano y sus bravíos ademanes al flujo de la recitación recia.

En mi ensueño distinguía como un éter flotando frente a su boca de bigote palabreante, mientras el público mas abajo y muy quieto respiraba el poema, rozándose la boca con manos delicadas.

Esto último del público creo que no llegué a verlo nunca pero me lo imagino muy bien.

Mi hermano, por entonces a menudo en su chaqueta de cuero, tenía gallardía en la figura, el cabello fuerte, la sonrisa grande, los dedos gruesos de nuestro papá. En fin lucía rozagante y viril, y su voz ondeaba lejos los versos fuertes despertando las inmensidades de la sala.

De vuelta al patio terracota no hallaba yo como explicarle a mi primo todo aquello tan fabuloso y estimulante que era la poesía. Él, jovencito y fresco esperaba, escrutándome el rostro. Por cierto no olvido esa luz tan particular que lo aureolaba. Me acostumbré tanto a ella luego, era como una llovizna, una luz fina y fría y parecía tamizada por su larga caída hasta el patio.

En fin cansado y para eludir la expectación de mi primito, bajé los ojos buscando palabras en aquella terracota del piso donde estábamos sentados, pero allí me confundí aún más con la visión de unos vivos colores: todos mis carritos matchbox que, algunos volteados, actuaban para mí como siempre una escena trágica. Y entonces, con mi carro azul favorito apretado en la mano, dudé de pronto y sentí un mareo.

Paralizado me pregunté si sería posible que mi primo, que debía tener entonces unos tres años, me hubiera preguntado mas bién por otra cosa - ¿algo que ver tal vez con la minúscula patrulla de policía en mi mano..? ¿Quería saber él en realidad sobre la po-e-sía, o sobre la po-i-cía?

Ahora por fín estoy seguro de que todo fué una confusión mía. Se lo explicaré cuando aparezca la oportunidad.

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