De los Círculos a los Colectivos
Si, me acuerdo bien, era Dune, de Frank Herbert. Una de aquellas novelas sobre el planeta de
los gusanos extraterrestres. Ese era el libro que Oscar traía esa noche en la mano. Una de
esas noches a finales de los años 90, donde por algo de dinero formábamos parte de un
coro nupcial muy conocido y bien organizado, en ocasión de alguna boda mas o menos
fastuosa de Caracas, siempre con el repertorio de rutina: La misa de Lotti, el Agnus Dei de
Frank, el Halleluja de Haendel, etc.
Yo había empezado en eso como un año antes, creo que en 1996, y me parecía simpático
ponerme el flux y la corbata negra y unirme al coro (a veces hasta con orquesta) en la noche
para “matar un tigre”, como decimos en Venezuela. Durante una de esas ceremonias, a la
espera del coro final para la salida triunfante de la pareja recén casada, conocí a Oscar, o
mejor dicho: a quien llamaré de ahora en adelante Oscar, para no decir su nombre verdadero.
Oscar, el lector del libro Dune.
Me llamó la atención primeramente porque lo encontré leyendo el mencionado libro en su
versión en inglés. Creo que lo primero que hice fué preguntarle de qué se trataba. Él
reaccionó de manera cordial y me explicó de su interés por la ciencia ficción, y me dijo que este
era una serie excelente de novelas.
Yo fingí interés en el libro y alabé su dominio y disfrute del inglés. Tiempo después me
confesaría que había estudiado inglés formalmente y en el exterior. Finalmente hice buenas
migas con Oscar y llegamos a entendernos bastante desde ese entonces, en esas numerosas
noches cuando aún habríamos de encontrarnos lado a lado en el coro. Mensualmente
coincidíamos dos o tres veces en el mismo “tigre”. Algunas pocas veces llegamos a gastarnos
la ganancia de la noche yendo a comer juntos una parrillada. O simplemente nos tomábamos
una cervecita en Bellas Artes, Sabana Grande, Chacaíto o en Chacao. O simplemente
caminábamos juntos por esas zonas hasta agotar nuestras energías.
Era una amistad sobria; intercambiábamos algunos libros y partituras, comentábamos
películas, hablábamos de las mujeres que teníamos “en la mira” y nos revelábamos nuestra
historia. Rara vez nos visitamos. Telefoneábamos muy poco, porque en casa de Oscar no había
teléfono, y no teníamos celulares. Alguna vez me llamó desde un teléfono público, para
comentar un evento musical o coordinar un encuentro excepcional fuera del marco del trabajo.
Yo alguna vez le transmití un mensaje por su “buscapersona”.
Una vez, sentados frente a buenos platos de pollo asado en pleno bulevar de Sabana Grande,
a eso de las 10 pm, me dijo:
-”Por un segundo me sentí como en Amsterdam. Estuve allí una vez de gira con el coro.”
Yo, que nunca había estado en Europa, le pregunté en qué podía parecerse Sabana Grande a
Amsterdam. Batiendo la cabeza, como aterrizando de un vuelo fallido, me respondió: -”En
nada, tan solo me sentí tan maravillosamente bien como cuando una vez estaba en Amsterdam
comiéndome un pollo asado. Y tu, ¿has estado en el exterior?” me preguntó.
Le dije que sí, que en EEUU, a los 12 años, luego nunca mas.
-”Todo esto” dijo mirando a su alrededor con asco -”Todo esto es una mierda, un horror total.
Nada comparado a Europa, Japón, Canadá, por ejemplo.”
Le respondí, extrañado, que podía tener razón, pero que de momento, yo no veía todo tan
mierdoso, con el pollo y un relajado ambiente nocturno y tropical.
Arrugando el entrecejo y como si pronunciar la frase le apartara el disfrute del bocado que
mascaba aún en la boca, me confesó que tan pronto tuviera una oportunidad, se iría del país,
preferiblemente a Europa. Ya había estado una vez por tres años en el exterior, pero tuvo que
volver contra su voluntad.
-”Y tú deberías hacer lo mismo, vete de aquí para que veas lo que es la vida de verdad. Sal de
Venezuela y después hablamos.”
Desde entonces Oscar volvía siempre al mismo tema. Lo hacía siempre discretamente, en voz
baja, como temeroso de importunarme. Hasta entonces, en mi horizonte salir de Venezuela
nunca fué una opción de peso.
Llegó el año 1998 y con él poco a poco, el tema “Chávez” volvió a adueñarse de la mayoría de
las conversaciones entre amigos y colegas, ya polarizado entre entusiasmos y pesimismos. La
atmósfera política y la crisis económica en Venezuela parecían requerir entonces soluciones
inmediatas, para unos estábamos a un paso del abismo, para otros ya habíamos tocado fondo.
Un día, llegando al Metro de Bellas Artes, Oscar me dijo: - “Aquí la única solución posible es
Chávez”.
Y yo, que no estaba muy convencido de eso, pero que veía en Chávez una especie de muleta
para poder “pasar la página” política, le seguí un poco la corriente.
-”¿Por qué lo dices? Le pregunté.
-”Este país es una mierda, está corrupto hasta la médula. Hay que acabar con todo esto.”
-”Y cómo se propone Chávez hacerlo?
Oscar soltó una risotada junto a las escaleras mecánicas, y haciendo el gesto de quien apunta
y dispara con un fusil, me dijo: -”Matando corruptos”.
Yo, que no me esperaba esa respuesta, me reí sin ganas.
-”No creo que ese vaya a ser su método”.
-”¿Ah, no? Ya lo verás, solo espera a que Chávez gane”.
Ya en el andén le argumenté que aunque Chávez era militar, eso no lo hacía automáticamente
un violento ni mucho menos. Dije que Chávez se había quitado el uniforme verde y que era
mas bien un tipo poseído por el don de la palabra, y que seguramente con su talento y mucho
apoyo podría desmontar las mafias establecidas en el sistema político-económico.
Esa vez Oscar, sin decir mas nada al respecto, me dió la mano para despedirse a la vez que
negaba con la cabeza y tensando los labios como haciendo alarde de mucha seguridad, volvió
a ejecutar, con mas destreza que antes, el gesto de francotirador disparando varias veces, y de
un salto subió a su vagón del metro, que en ese momento abría las puertas. Yo me quedé
parado con la impresión de que me despedía de un niño (cuando Oscar era catorce años
mayor que yo), y pensando si la lectura de tanta ciencia ficción y la fascinación de Oscar por la
trilogía de Star Wars no le estarían causando esas fantasías bélicas.
Tiempo después, ya no sé si fueron días o semanas, tuvimos un diálogo similar.
-”Es que aquí lo que viene es una cacería implacable de corruptos, van a caer todos. Yo estoy
dispuesto a echarle bolas.”
Diciendo esto, se puso con fuerza el dedo índice en medio de la frente y cruzó la vista, como
quien recibe un disparo entre las cejas.
-”Yo no sé de dónde estás sacando esas cosas, eso es imposible, le respondí ya algo
intranquilo. -”Voy a votar por Chávez”, confesé, “pero no apoyaría algo así, eso no arreglaría
nada”.
-”Bueno piensa lo que quieras, continuó Oscar. Yo esperaré, simplemente, y cuando me
entreguen mi fusil, saldré con gusto a disparar (haciendo aún mejor la mímica del francotirador,
con cara de satisfacción), voy a salir a perforar cráneos de corruptos. Ya lo verás. Si no lo crees
ahora, lo creerás entonces.”
Comencé a pensar que Oscar estaba mal de la cabeza. Que estaba siendo presa de no se qué
ilusiones y fantasías de venganza. Me consolé pensando en que pronto la realidad lo
alcanzaría. En Venezuela habría elecciones justas, los adecos y los copeyanos serían
removidos y el país comenzaría a pensar con propiedad y se regeneraría a mas tardar a
comienzos del nuevo milenio.
Poco tiempo después, en diciembre de 1998 por supuesto, Chávez ganó las elecciones. Debido
a otros compromisos musicales, entre otras razones, mis participaciones en el coro nupcial se
habían vuelto muy esporádicas, y perdí de vista por un tiempo a Oscar. A principios de 1999 lo
encontré por casualidad en el Teatro Teresa Carreño. Me evadió diciéndome que estaba
apuradísimo. Me pareció muy extraño, Oscar no conocía el apuro, y cuando de verdad no
podía, se disculpaba muy cordialmente. Esta vez no hubo disculpa, me despachó en forma
seca, casi triunfante. Le otorgué el beneficio de la duda y lo dejé ir, pensando que la próxima
vez todo volvería a ser como antes. Semanas después, se repitió la escena. Ya no pude dudar
mas, seguramente Oscar me había descartado como amigo, pero ¿por qué? ¿qué le habría
hecho yo?
Tratando de localizarlo le dejé un mensaje por buscapersona y luego le escribí una carta
personal y la puse en Ipostel Los Cortijos. Allí le expresaba mi extrañeza por su actitud y por la
causa de ella, le pedí que se comunicara conmigo y me dijera si es que yo había faltado a
algún compromiso o lo había ofendido de alguna forma, y que me disculpara si ese hubiera sido
el caso, pues tendría que ser un malentendido. Le reiteré ademas mi aprecio personal y mi
interés por seguir en contacto con él, pero nunca recibí respuesta, Oscar jamás volvió a
comunicarse conmigo.
En el año 2000 o 2001, me encontré casualmente con otro de los bajos del coro nupcial,
apodémoslo Jaime, que una que otra vez se nos unió a Oscar y a mí en las salidas que
seguían a nuestros servicios musicales. Nos sentamos, como antes, a tomar una polarcita, y al
poco rato, después de enterarme de que aún participaba en el coro nupcial, le pregunté si
seguía viendo a Oscar.
-”Si, Oscar sigue en el coro” me dijo -”pero también anda con los Círculos Bolivarianos. Se ha
vuelto muy raro, ya es imposible tratarlo, está totalmente cambiado”. Así me respondió Jaime
después de hacerme una especie de guiño con la cara ladeada, como retándome a creer lo que
iba a contarme.
En ese momento se unieron en mi mente algunos cabos sueltos. Primero y entre otras cosas,
Oscar y su familia habían estado ligados alguna vez al partido comunista. Segundo, el papá de
Oscar, antiguo profesor de derecho fiscal, había enfermado gravemente y en forma crónica,
presumiblemente abatido y frustrado en su noble proyecto de “acabar con la corrupción de AD y
Copei”, según el mismo Oscar. Por tal situación la familia se hallaba permanentemente en gran
zozobra psíquica y financiera. Por último, y ésta es quizás para mí la clave mas importante:
varias veces, siempre de forma subordinada, cortés, en voz mas baja y como de pasada, Oscar
se había referido a mí como un verdadero “burguesito”, añadiendo sin falta la halagadora
salvedad de que a pesar de eso valía la pena hacer una excepción amistosa conmigo.
El término “burguesito” lo había sufrido yo ya a mediados de los ochenta, cuando por primera
vez fuí calificado así por un amigo cercano, (que "casualmente" también fué continuó siendo
revolucionario a pesar de vivir apaleado por hambre y la enfermedad, hasta que, en su
honestidad a toda prueba, decidió simplemente coger el monte para sobrevivir en un conuco sin caer en
tentaciones perversas).
En aquella época, de 16 o 17 años, entendí muy claramente que
“burguesito” era un término equivocado y aprensivo, pues mi familia no había sido nunca
burguesa de estatus ni mucho menos de origen, al menos en el sentido mas general de lo que
se entiende como burguesía.
Atando cabos creí entender entonces que Oscar, después del triunfo electoral de Chávez,
había decidido tomar partido por el lado mas filoso de su revolución, cortando todo contacto
amistoso con los llamados los “burguesitos” y esperando que le entregaran el
prometido fusil para iniciar esa especie de cruzada justiciera. Para este momento ya se había
registrado en Caracas el primer ataque de civiles armados con cabillas, reprimiendo, si mal no
recuerdo, una manifestación de vecinos por la falta reiterada de agua.
Desde hace años he tratado de averiguar algo de Oscar. Primero lo intenté a través de internet,
periódicos, foros de política, redes sociales, en eventos. Luego pregunté a alguno que otro
conocido de la época si sabían de Oscar, pero no he encontrado ni un rastro, nada. No sé si
vive o si está muerto, si cumplió su deseo de irse del país o si sigue allí, presumiblemente
“enchufado” al gobierno. No sé si está armado. No sé si ya habrá disparado como deseaba, a
algún presunto corrupto o a algún “burguesito” culposo.
Pero empecé a escribir todo esto porque me parece horroroso que, seguramente años antes de
ganar las elecciones del 98, el chavismo ya había comenzado el reclutamiento de ciudadanos presa del
resentimiento, para conformar lo que hoy en día se llama colectivos: personal de activismo con
funciones de choque, a quienes prometieron concretamente armas, impunidad y honores como "justicieros".
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